Un sábado por la tarde
la Consuelo preparaba
huevos, aceite y harina,
azúcar y la anisada
para hacer las madalenas
que a sus nietos encantaban.
Al bajar las escaleras
y ya en la puerta de casa
vio en las sombras movimiento
y asió fuerte la canasta.
“¡Ay, Dios mío!, ¿qué será?
¿cosa buena o cosa mala?
que me esperan en el horno
y no está Santiago en casa”.
Al darle al interruptor
vio una culebra estirada.
¡Vaya susto se llevó!,
¡casi tira la canasta!
Ni corta ni perezosa,
decidió empuñar las armas:
un bote entero de “flix”
para ver si la atontaba.
No gusto nada a la bicha
la agresiva rociada
y, enfadada, persiguió
a Consuelo por la entrada.
La dueña escapó subiendo
hasta la primera planta
y sofocada imploró
a San Roque la ayudara.
“¡Ay, glorioso Santo Roque,
líbrame de esta alimaña
y pa fiestas te pondré
cuarenta ramos de albahaca!”.
El santo la debió oír,
tan cerca del Arco estaba,
y le mandó una cuadrilla
que La Puebla visitaban.
Eran los de Arundo donax,
los artistas de las cañas,
que avanzaban por la calle
en la visita guiada.
“¡Manolo, Manolo, ven!”,
gritó desde la ventana,
“¡qué una culebra muy grande
me impide salir de casa!”
“Echa las llaves, Consuelo,
que no tememos a nada”.
Manolo, como un valiente,
abre la puerta de entrada
y en una esquina del patio
la vieron toda enroscada.
Dos puntapiés y a la calle,
¡vaya serpiente tan larga!
Unos dicen que de un metro,
otros que de cuatro varas,
y los más exageraos,
que del Arco hasta la Plaza.
El personal la rodea
y ella se siente observada:
- ¿Qué hacemos con la culebra?
- ¿Le damos con una caña?
- ¿Será víbora o de agua?
- ¿Es de escalera o bastarda?
- ¡Para forrar una gaita,
que tiene la piel muy maja!.
San Roque volvió a actuar
e intercedió en la batalla:
“No la matéis, pobrecica,
que en el campo es apreciada,
que se come los ratones
que roen las ensaladas”.
Manolo Sanz y Molina
de salvarla se encargaban.
Con un cepillo la cogen
para echarla entre las zarzas.
“¡A ver dónde la soltáis,
que cerca tengo la casa!”
les decían las vecinas
a los dos que la llevaban.
“¡Ay Dios mío, qué sofoco!,
¡qué tarde tan historiada!
Me voy al horno corriendo,
no se me pase la masa”.
Aquí termina el romance
que con pormenor detalla
el milagro de San Roque
que a la Consuelo salvara.
“¡Ay, glorioso Santo Roque,
líbrame de la alimaña!”.
Y el santo desde su Arco
le mandó a los de las cañas.

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